jueves, 15 de noviembre de 2007

Pavel

eL a_TISTA

Camino sin voltear a ningún lado, son las nueve o casi las diez y fui el último en salir de la oficina, demasiado trabajo para poca ventura. Detrás mío alguien camina, es mujer; lo sé por los tacones que golpean el adoquinado…y es muy bella. Eso no lo se por que no me atrevo a voltear, por que además no me interesa comprobarlo, mejor así.

Camina a un ritmo melódico y soberbio de caderas, acompasando el andar de un tiempo despiadado; proyectando una sombra de formas curvilíneas, que le huyen a las farolas de halogenuro que como manos crispadas tratan de rasgar voluptuosamente cada región círcular difuminada en la oscuridad.
Paso a paso, pie tras otro, danzando al pulso de la luna que acecha con su ojo de vidrio al final de la avenida, ¿como hacer una analogía de esta escena con un lápiz?, ¿Cómo elaborar un sampler perfecto, sin desvirtuar lo esencial en términos no sólo de sonido o golpe? El único entendido en tal caso seria solamente el propio adoquinado que es el cómplice real para la edición y producción de estas percusiones. Limites que la humanidad no nos permite si no más que intuir a ciegas. A lo poco tratándose de una mujer bellísima solamente podríamos adivinar los pequeños pies danzantes provistos de aquella indumentaria de cuero y tacón puntiagudo que alegoriza los mejores ardores de los que estamos provistos de las ganas de Fauno.
Autos transitando por los carriles en uno y otro sentido, gente sin cara desfilando a velocidades de vértigo y por detrás el montaje escénico “el tacón”, aislado, en un paralelo a la ruta, moviéndose sincronizadamente.

Con toda la puta resaca, boca abajo con la batea a pie de cama para botar lo que queda de tripas y ácidos. Un hambre de buitre, una sed de sequía y nunca mas le meto caña carajo. La tele prendida en ningún canal, apenas logro tener idea de la realidad circunscrita; hasta que el Hada de los sueños levanta mi cabeza y la apoya sobre un almohadón confortable, trae consigo un botellón de agua, sales minerales y un portaviandas improvisado, me da un beso en la boca agria y resquebrajada. No tengo ganas de hablar de decirle nada, me mira con ternura y desvió la mirada solo quiero poner el sistema en OFF y cierro los ojos. A lo lejos y haciendo ecos el tacón va dialogando con las losetas de piedra y no te vayas quédate aquí a mi lado, no digas nada pero quédate….quédate…

Una esquina biselada y me detengo al filo de la vereda y ella dobla hacia la derecha; el ímpetu del golpe va moderándose: débil, moribundo cada vez; y no quiero voltear, no me interesa saber quien es. Pero tampoco quiero quedarme solo, en tal caso sólo me queda intuir y caminar hacia atrás asumiendo a manera de sonar, dos oídos lucidos; suena estupido, pero me reconforta ser un idiota.
Va pendiente abajo, trato de sortear los obstáculos pero es inútil, la gente me observa algunos con risa otros en silencio, mis ojos están apoyados en el perfil de las montañas, es inútil, otra vez se me pone de manifiesto la discapacidad humana y claudico al intento; y no quiero voltear, no quiero… y volteo y la veo de reojo por detrás.
Adelante un horizonte de cuerpos espigados, incandescentes, tiritando. Educándome con su doctrina urbana de casas, avenidas y basureros, de oficinas y gargantas de sábado por la noche hasta que el cuerpo aguante ¡y cuanto aguanta! El miedo y la inercia resumido en una esfera: mitad aire, mitad concreto, y por detrás lo falso, lo cómico, lo inesperado, la necesidad recreándose por si misma, mintiéndose una y otra vez para no mirar su abismal destino de ostra.